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II Ruta Marea

Durante la travesía, cada día, un miembro de la tripulación escribirá el diario de a bordo de la expedición en el que aparecerán narradas las incidencias del viaje (condiciones climáticas, actividades y talleres a bordo, etc.)

Lunes, 28 de septiembre

Lunes 28 de septiembre.

“La Vieja Guardia”

-¿Ves? En la amura de babor; justo debajo de la pasteca del apagapenol de la trinqueta; creo que es Cádiz- Está atardeciendo y los tres compañeros charlan en la tolda esperando ver tierra pronto. Tras seis días de una navegación muy tranquila, no dejan de pensar en llegar a puerto y darse una buena ducha de agua caliente. El barco donde ellos navegan no tiene agua dulce, ni un sistema con el que calentarla. Tampoco, frigorífico con el que conservar por más tiempo los alimentos. Es una embarcación algo diferente a las que se ven hoy en día.

-Pues se nota que esto es el sur, chaval. Hace un calor increíble. Nada que ver con las lluvias de la semana pasada, en Bilbao- Carlos es asturiano y es la primera vez que baja, por aguas del Atlántico, a Andalucía. Nota la diferencia del mar y el sol, al que está acostumbrado a enfrentarse en el Cantábrico. Todo es nuevo para él a partir de ahora, y no deja de mirar -con los mismos ojos de sorpresa con los que entraron los tres compañeros el primer día, en la nao Victoria- todo cuanto alcanza su vista.

Mientras tanto, Diego, entra en la camareta y sale. Desde que comenzó su guardia a las cuatro, no deja de entrar y salir. Él también lleva tiempo en el barco, y aunque suele ser más reservado –es el contramaestre de la nave- mira al horizonte, en busca de las casas de colores que hay a la entrada del puerto. En esta ocasión, sale acompañado de Miguel que, con su gorro de lana, no hay quien disimule de la presencia del capitán a bordo. Es un marinero viejo; de los que hemos leído, en algún que otro libro de aventuras marítmas; uno de esos que se cuentan con los dedos de la mano cuando te acercas a los puertos pesqueros. Un hombre que ha vivido mucha mar, y que ha “calao” profundamente en las miradas de los tripulantes de La Victoria. Sin vacilar, dice -¡Es Cádiz!-, y se queda apoyado en la regala de la cubierta, con los prismáticos bien agarrados por sus trabajadas manos.

Carlos, Jaime, y Luis, se miran y sonríen. -¿Qué te dije? Un tío que veranea en el Puerto de Santa María conoce bien esta zona, chaval. Además, me daba la sensación que ya olía a “pescaito” frito del Puerto-. Los tres echan a reír, sin perder de vista el rumbo. Jaime es, sin duda, el que más ganas tiene de llegar de los tres. Como solía pasarles a los marineros del siglo XVI, el reencuentro con los suyos era la mejor excusa para dejar el mar de espaldas durante un tiempo.

Luis -que siendo de un pueblo del interior de Huelva, ha sabido hacerse a las tareas que comporta vivir en alta mar- se apoya en el pinzote, y le plantea una reflexión a sus compañeros.

-Quillo, ¿Se puede volver a la civilización después de 3 meses en la nao?- Y sigue, -Pues no lo sé con seguridad, pero seguro que echaré mucho de menos ballestear, revisar los achiques, largar/cobrar estachas, ducharme con agua fría y salada, abrazar el pinzote, enmasillar la cubierta, etc. Bueno, a pesar de todo, este viaje ha sido una experiencia buenísima, en el que hemos aprendido muchas cosas de navegación y como persona. Y es que, a esta vida se le coge bastante cariño, al igual que a la gente con la que convives cada día. Es especialmente interesante observar cómo alguien puede darse cuenta si tienes un momento malo, y se acerca –desinteresadamente- a hablar contigo. Sinceramente, me parece que llevamos aquí toda la vida y que esas personas son, como tus hermanos, pero sin el “como”-.

Carlos, sentado en la balsa salvavidas de estribor, con su camiseta sin mangas negra, le responde. -No sé. Embarcarse aquí, supone aceptar que el “plan” es que “no hay plan”. Recibes una llamada que te invita a embarcarte al día siguiente, sin saber muy bien que vas a hacer, ni cuánto tiempo. Desde mi punto de vista, al “Cultural Shock” inicial, al escuchar un acento y una forma de ser tan diferente, le sigue el aprecio y un enorme cariño a aquellos que han compartido tantas y tantas anécdotas contigo. Tantas millas, tanto buscarse la vida de puerto en puerto, bandazo a bandazo, como buenos “caballeros de fortuna”. En definitiva, la Nao te atrapa, y la camaradería te invita a recorrer 1000 millas, fuera de tu casa. Lejos quedan los días en que la vieja guardia era la dueña del barco, y hacía y deshacía a placer. Más de dos meses después, uno puede decir que conoce hasta la última tabla a bordo y el más mínimo gesto del compañero. En fin, a ver qué nuevas aventuras nos esperan por el sur-.

Desde la escalera que sube a la toldilla, Jaime, mira a su compañero y se deja llevar por las sensaciones de navegar en un barco del S. XVI, con buena mar, y atardeciendo frente a la costa gaditana. -Cuando la vida te apremia con tales experiencias, sólo puedes echarte hacia delante y levantarte, día tras día, con una sonrisa; aceptar de buen grado lo que la nueva jornada te depara: una nueva aventura, diaria, que compartes con tus compañeros durante veinticuatro horas. Fuimos muchos los que empezamos a principios de Julio, en el Puerto de Santa María; otros, los que se fueron embarcando y desembarcando para las pequeñas travesías del norte; y otros tantos, los que se han sumado para parte de la bajada, pero los pocos que hemos vivido esta aventura desde el principio hasta el fin -Curro, Luis, Carlos, Diego y Jaime- creo que tenemos el mismo sentimiento; una sensación de hermandad que, entre nosotros, ha surgido fuertemente-.

Y continúa, -como en todas las experiencias personales, de cierta transcendencia -y esta lo ha sido de veras- quedas marcado. El corazón parece ya ligado de por vida a esta Victoria y sus encantos. No sé si volveremos a ella, o tendremos destinos más lejanos a partir de ahora, lo que sí es seguro es que lo que aquí ha fraguado jamás se perderá… La verdad es que hay que darle las gracias a los que nos han dado la oportunidad de vivir esta experiencia; a la Fundación nao Victoria-.

Curro, cigarrillo en mano, camina desde la banda de babor hacia ellos. -Bueno, vamos a empezar a preparar la maniobra de atraque. Dice Diego que dejemos todo listo. Es la última maniobra que vamos a realizar en estos dos meses, y tiene que salir como ya sabemos-. Cojeando, como si fuera un corsario de la época, releva a Luis en el pinzote y pone rumbo a tierra.

LUIS PALOMO
JAIME RIVERO
CARLOS ÁLVAREZ
 

Domingo, 27 de septiembre


Un ligero golpe me despierta. Son las ocho menos veinte de la mañana, y veo al compañero de la guardia saliente a los pies de mi cama, lo cual me hace recordar que en breve entro en mi guardia.

Apenas consumo unos segundos para volver en mí y levantarme de la cama, aún caliente, de la cual me apenaba separarme.

Desciendo, (pues ocupo la parte alta de la litera), me visto, me aseo un poco, y salgo por la escalera del sollado, dándome cuenta de que el día se levantaba algo nublado.

Subo a la tolda y saludo a todos los compañeros allí presentes, (los de la guardia saliente, y algunos de los compañeros de mi guardia)…
-Buenos días señores.
-Buenos días.
-¿Alguna novedad?, pregunto.
-Todo en orden, contesta Diego, jefe de la guardia, a parte de algún barco ésta noche.
-¿Estamos todos los de mi guardia?, a lo que algunos contestaron negativamente, puesto que aún faltaba Fede.

No se hizo esperar mucho, y como no había más novedades, los compañeros que acabaran su guardia se dispusieron para el descanso.

Gonzalo tomó el pinzote, y Joaquín y Fede quedaron vigilando el horizonte, mientras Carlos y yo, entráramos al camarote para situarnos en la carta y poder tomar decisiones acerca del rumbo, el cual aprobamos por continuar sin modificar a 170. Seguidamente, y teniendo en cuenta mi responsabilidad a bordo, me dirijo a la sala de máquinas para inspeccionar detenidamente los motores y los servicios del buque, lo cual, una vez determino que se encuentra todo en orden, subo a la tolda para continuar atentamente mi guardia.

Luego, tomo el mando de la Nao, y con el pinzote en mis manos, y sin perder la concentración, mi mente comienza a volar de nuevo libre, imaginando la sensación que aquellos intrépidos marinos de la época pudieran sentir en su largo viaje para circunnavegar el globo. Sin duda es una sensación que te envuelve y te transporta, que es necesario vivir para entenderla.

-i Delfines por babor!, grita Fede, lo que me hace volver en mi al mismo presente que me viera partir segundos atrás.

Ciertamente, se trataba de un grupo de unos doce delfines, que habiéndonos avistado se aproximaban hacia nosotros, saltando en fantástica danza que nos maravillara, como si fuera la primera vez que viéramos estos preciosos animales, que durante unos minutos nos acompañaran, juguetones como siempre, cruzando de proa a popa, de travesía a través, nuestro barco.

Así pasara gran parte de nuestra guardia, aparte de algunos trabajos de baldeo y limpieza, hablamos y enriqueciéndonos unos a otros.

¿Qué puedo decir?, Ciertos es que esta es una experiencia enriquecedora, no sólo por todas las cosas que he podido aprender en esta travesía, sino también por los valores humanos que nos han enriquecido en estos día, no sólo los compañeros de mi guardia, sino toda la tripulación, que han conseguido que estos días, acompañados por el buen tiempo, hayan sido tan agradables como torpemente pueda expresar en estas líneas.

Pero volvamos de nuevo al día de hoy…

Una vez, acabara mi guardia y relevados por la guardia entrante, pretendo darme una ducha, y como no me gusta el agua fría, excusémonos en que, por miedo a agarrar un buen resfriado, estos días, me he ingeniado un modo de conseguir agua caliente (no voy a relatar aquí mis secretos profesiones), por lo que no me hago el remolón para darme una buena ducha, con agua salada, pero eso sí, caliente.

Al subir de nuevo a cubierta, sorprendo a Borja tirando del hilo de pescar, pues algo parecía haber picado. Segundos más tarde -¡Un atún!, grite- esperando la confirmación de alguien, pues a decir verdad, soy bastante ignorante del tema.
- Sí, es un atún, se apresura Curro a aseverar.
Pasada la emoción del momento, y hechas las fotos, vuelve todo a la normalidad, empezando al poco tiempo Borja a darle candela a los fogones para preparar un rico estofado de garbanzos.

Después de comer, con la pesadez del estómago, comienzo a recordar la noche anterior cuando estábamos de guardia, pasando nuestro tiempo observando las estrellas y constelaciones… Allí la Osa Mayor, allá Orión, más para acá Tauro, luego Géminis, Casiopea, Cefeo… En fin, me reitero, en lo anterior, en estos días me he enriquecido tanto como persona, que sólo por ello ha valido la pena subir hasta Bilbao para regresar la Nao rumbo a Cádiz…

Y así, con este ambiente sigue transcurriendo el día de hoy, entre risas y entusiasmo.

JUAN DIEGO TORRES BARROS
 

Sábado, 26 de septiembre


El crujir de la madera me da los buenos días, y yo le respondo con una sonrisa. Aún saboreo una guardia nocturna, de cielo estrellado y olas de espuma fluorescente, de palabras de ofrecimientos y silencios cómplices, cuando el sol se me muestra engalanado nada más pisar cubierta, para secar la ropa y acariciar la piel, ¡Si supiera hacer unas lentejas, me casaba con él!, pero no, las lentejas las ha hecho la siguiente guardia, ¡Cuánta gente buena hay aquí, de verdad!

Ya por la tarde, y aunque el viento no acompañe, disfrutar del barco y de la mar, y subir a la cofa, ¡que silencio, que paz!, y tras librar un alcatraz, para el que nuestro cebo no estaba en la mar, ya me parece oler a tierra donde aunque me espera mucha gente buena, sé que esta travesía nunca lo voy a olvidar.

FEDE LÓPEZ (EL COLORAO)
 

Viernes, 25 de septiembre


De repente se escucha una voz, “¡Delfines!”. Era a primera hora, con las luces del alba. Inconfundibles, por sus bailes acrobáticos en la proa de nuestra Nao; colores amarillos, grises, blancos y negros se sumergían y emergían al son del barco. Alrededor de 10 delfines comunes, nos acompañaron durante parte de nuestro viaje. Pero esta no fue nuestra única sorpresa, con forme el día avanzaba, más delfines divisamos. Parecía que en la mar sólo estaba habitado por estas criaturas, hasta que llegaron navegando hacia nosotros un grupo de ballenas pilotos, también llamadas calderones, por el parecido de su cabeza negra y redonda a una caldera. Primero fueron tres, después cinco dispersas en grupo sin detenerse a observarnos y viceversa.

Sin embargo, aún quedaba lo mejor, apareció una auténtica ballena. Podía ser una ballena Minke, o tal vez, un Rorcual. Fue difícil identificar, pues tan sólo se dejó ver un par de ocasiones, hasta cavar desapareciendo.

Continuamos rumbo sur, cerca de la costa portuguesa, sin saber que más nos deparará el resto de nuestra travesía, turnándonos en nuestra guardia, situando nuestra situación en la carta náutica, buscando luces en la noche; rutinas de la mar.

JUAN MELCHOR FLOR ONCALA (JUANME)
 

Jueves, 24 de septiembre


“A vela por Finisterre”

Hemos dejado atrás el cantábrico que nos ha tratado con amabilidad, permitiéndonos disfrutar de dos días de navegación en este magnífico barco.

Hoy, izamos la mayor y la trinqueta, y hemos aprendido -los novatos- la dureza de estas maniobras, incluso con buen tiempo. No queremos ni imaginarnos lo que debió ser esto, hace 400 años, en una noche de tormenta.

En la tarde, nos acompañaron tanto el viento como unos amigos del mar, los delfínes, los cuales nos dejaron sin pescado, pero hacían aún más especial esta travesía y el paso por el Cabo Finisterre.

Tuvimos la suerte de disfrutar la guardia nocturna y apreciar en su plenitud un cielo estrellado y una luna menguante que describió un arco pequeño en nuestro horizonte, quizás, recordándonos que esta travesía se acabará pronto, pero dejará un recuerdo imborrable en todos nosotros.

En esta inolvidable travesía nuestro compañero, Paco Moreno, nos deleitó con la siguiente poesía al timón:

Oda al pinzote

Espécimen extraño,
invento maligno,
eslabón perdido
en la evolución.

Alto, adusto,

severo casi,

brillante por el uso d
e las encallecidas
manos.

Acariciado por unos,
maldecidos por muchos,
sobre una base
redonda y negra
se alza el pinzote.

Pieza muy principal
en el gobierno
y manejo d
e esta nave,
ora dócil y suave,
bronco y tozudo otras,
no descansa
en su vaivén
impulsado por las
olas.

Va marcando cual arado,
milla tras milla
una raya en la mar.

En la noche
apenas iluminado
por la luz del compás
y el brillo de las
estrellas,
recibe el abrazo
del timonel,
al que desafía
y reta.

Busca una banda
más que otra
y de improviso,
vuelve a la vía
dejando sus fuerzas
rotas.

Eres como una
mala mujer
después de estar contigo
las piernas tiemblan
y los brazos se resienten,
cuando la mar está en calma
es más fácil quererte.

Por todo esto
y más,
eres pinzote,
importante
tanto que si no estuvieras
no podríamos llegar.

Se avista el puerto,
ya estamos
apunto de atracar, l
arga estachas,
afirma,
¡Todos! a descansar.
Y al pinzote
“Que le den”
larga vida
¡en el museo naval!

NAVEGAND0 EN LA NAO VICTIORIA FINISTERRE 24 DE SEPTIEMBRE 2009

Paco Moreno
Borja Piña Sánchez
 

Miércoles, 23 de septiembre


“Día de pesca”.

Me Levantan a las 7:45h para empezar la guardia a las 8:00h junto a Jaime, Manuel Gavilán, José, y Diego. Salgo del sollao, y ya está Curro diciéndome “los grilletes, donde los tienes, que hay que echar los aparejos”, y allá va el Nino, a las camas, a recogerlos para preparar los aparejos y echarlos para intentar coger algún bonito. Echo, primero, el aparejo de babor, con el carrete monstruoso (según me cuentan, las poteras, son del padre de Pepe), después, preparo el de estribor y, justo antes de echarlo, pica el primer bonito. Casi sin darnos tiempo a celebrarlo, nos damos cuenta q ue pican por estribor. La mañana acompaña a las capturas: buen viento y oleaje moderado; incluso aparece el sol desde temprano.

Al pasar por Gijón, desembarcamos a José María, que nos deja en las seguras manos de Miguel para lo que nos resta de travesía. Es mediodía y ya contamos 23 bonitos en los cubos azules. Ni que decir tiene, que cayó uno por persona, a la plancha, y al son de la campana de cocina. Todo ello, acompañado por una ensaladita que nos preparó nuestro amigo “colorao”. Mientras que se hacía la comida, Curro y yo, nos preparamos un bonito crudo, aderezado con un poco de aceite de oliva y sal; “exquisito”.

Una vez que terminamos de comer, la guardia se puso a fregar; mientras, otros se van a la cama a dormir; tres a la zodiac; y algunos siguen pescando hasta contabilizar, por la tarde, unos 14 ó 15 bonitos más. A las 20h, más o menos, se recogen los aparejos, y volvemos a entrar en la guardia. A eso de las 21h, entre Gavilán y Jose, preparan la cena que consiste en unos filetes de ternera y un arroz salteado con verdura, ¡Buenísimo!

Una vez saciadas las hambres, toda la tripu al “sobre”. Menos nosotros que, con la mar algo más movida y viento, aguantamos en la tolda.

Pasado Avilés, y esperando que fuera medianoche para el cambio de guardia –que llegó más que puntual- hicimos lo que correspondía; imitar a los compañeros, y acudir a nuestras literas.

Con esto termino estas líneas ya que, a las 7:45h me llaman, y debo dormir.

Un saludo para mi familia, mis amigos, y sobre todo, mi primo José Antonio, al que le encantaría estar aquí.

ANTONIO MANUEL MAGRO MARTÍNEZ (NINO)
 

Martes, 22 de septiembre


“Fin y comienzo de la ruta”.

Martes 22 de Septiembre, 18:00h. Poco tiempo atrás ya habíamos hecho maniobras para situar la nao en dirección al mar, y empezar así el viaje de vuelta, lo que produjo la aparición de los primeros nervios entre los nuevos tripulantes. Atrás, 6 días en Bilbao, en los cuales -todos los nuevos- empezábamos a conocer el barco, y a los compañeros que ya llevaban, como mínimo, 2 meses embarcados. Desde el primer día se hicieron los grupos para trabajar en la nao, tanto haciendo preparativos, como atendiendo a la multitud de visitantes que venían cada día.; a pesar de que casi toda nuestra estancia en Bilbao fue un “sin parar” de lluvia; así y todo, fue un éxito.

Volviendo al momento de partida, fue empezar, y todos los nervios se fueron por la borda. Los nuevos, bromeábamos constantemente por lo poco que se movía el barco; sabiendo que cuando saliéramos a alta mar, la cosa cambiaría bastante. La salida por la ría fue impresionante: uno se sentía hasta importante al ver como todo los coches -en los márgenes- pitaban a nuestro paso. Una hora después, ya estábamos en mar abierto. Ahora sí, empezaba la travesía, para los novatos, y el esperado fin, para los que más tiempo llevaban embarcados; en los cuales, era lógica, las ganas de volver a casa.

19:30h. Se hacen los grupos de guardia, y me toca con Nino, un tío de Villaverde del Rio: pescador, cocinero, y con una gracia, como poco había en la
nao; Jose, un antropólogo, ya con experiencia en esta embarcación, y que la cuida como si fuera suya; Diego, contramestre, y que sin parecerlo, lleva todo este proyecto adelante; y Jaime, amigo mío desde hace ya tiempo y mi impulsor en toda esta aventura.

A las 20:00h comienza mi guardia, y al poco tiempo, ya cojo el pinzote (timón del barco). Nada más comenzar, me cuesta trabajo coger el rumbo, pero al poco tiempo va como la seda. Tras cuatro horas de guardia -aprendiendo todo lo importante para la más segura y mejor navegación, y con la mejor noche desde mi llegada a la nao, me voy a la cama; eso sí, con las ganas de volver a cubierta, con el sol ya fuera, otra vez navegando en este barco con tanta magia.

MANUEL GAVILÁN
 

Lunes, 17 de Agosto

El martes 11 de Agosto, nos levantamos temprano en la noble villa de Getaria, con la intención de prepararlo todo, para nuestra pequeña travesía hacia Hondarribia. Sobre las 10 de la mañana estaba el hermoso puerto lleno de habitantes de la localidad que querían despedirse de este gran barco, que dejo huella. Los nuevos voluntarios que se enrolaban, nerviosos esperaban a que zarpáramos, aunque también hay que decir que se les notaban felices por poder navegar en la nao. A las 12 de la mañana, a las órdenes de nuestro capitán, salimos; todos en sus puestos, empieza la maniobra de salida.

Llegamos sobre las 15:00h, la travesía había sido un éxito, los voluntarios se lo habían pasado muy bien, y eso que la mar estuvo muy tranquilita; por desgracia no pudimos enseñar el velamen, pero por lo demás, todo muy bien, sobretodo el “tapeito” que nos pegamos.

Atracamos en el puerto pesquero. La gente que estaba allí en ese momento, con cámara en mano, estaban impresionados de ver este maravilloso barco. Teníamos libre hasta el jueves 13, a si que arranchamos el barco y nos dispusimos a alcahuetear por el pueblo, pese a que estaba a un par de kilómetros de donde nos habían ubicado.

El miércoles, como ya he dicho, teníamos libre, cada uno hizo una cosa: unos siguieron investigando el pueblecito, otros estuvieron en pueblos cercamos y Jaime estuvo con unos amigos en las fiestas de San Sebastián.

El jueves era el primer día que habríamos al público, cuando nos levantamos ya había gente esperando, pero para los dos que escribimos (Luis y Jaime), nos tocaba libre. El día estaba como a los andaluces nos gusta en verano, caluroso, y nos preparamos las mochilas para pasar un típico día de playa. Cuando terminamos de almorzar, pensamos en coger la zodiac para darnos una vueltecita, y así lo hicimos. Estuvimos en una pequeña calita francesa y cuando nos aburrimos nos fuimos a dar una rutita remontando el Bidasoa.

Los días sucesivos fueron duros. El calor apretaba y la gente no paraba de hacer cola para visitar el barco y acribillarnos a preguntas. Hacíamos una media de mil y pico de visitantes al día, y entre que íbamos a comer y a darnos un bañito, se venía encima la hora de volver al tajo.

Es un trabajo duro pero gratificante, ya que la gente queda muy agradecida de todas y cada una de nuestras explicaciones, que tan bien hemos aprendido de Diego.

Al estar un poco más separados del pueblo, se nos hacia mas difícil hacer vida nocturna, aunque después de la semanita de fiestas que tuvimos en Getaria, bien nos venía descansar y echarle tiempo a la biblioteca, que la teníamos un poco olvidada.

Llegado el domingo -que fue el de mas afluencia- a eso de casi de las diez de la noche nos empezamos a poder relajar y preparar una cenita en condiciones, en nuestra casa, que al final es donde mejor se come. Los atuneros del puerto pesquero se portaron y nos regalaron un bonito de unos 6 kg, y una vez limpio, la plancha y la mano de Curro hicieron el resto.

El lunes, por fin libre. Sin casi preocupaciones marchamos Jose, Carlos “O”, Luis y Jaime para la costa francesa. Llegamos a Hossegor, un pequeño pueblecito con encanto, tomado por surferos, donde estuvimos en la playa hasta que, compromisos laborales de Jose, hicieron que volviéramos antes de lo esperado. Esa misma tarde llegó Jesús (Capi) y su novia, y fuimos invitados por la oficina de turismo a una exquisita cena. Terminamos tarde y todos nos fuimos para la cama, a la espera de la salida del día siguiente hacia Mutriku…

LUIS PALOMAR / JAIME RIVERO
 
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