Vigésimo octavo y último día de navegación: 27 de julio de 2008

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Cuando subí a cubierta por la amura de babor ya teníamos el faro de Chipiona, todo estaba cumpliéndose con normalidad. Durante la noche el oleaje había subido algo y el color de la mar tenía un verde intenso.

Desayuné el batido de chocolate de todos los días, pero hoy teníamos sorpresa. Carlos (Piragüa) se había dignado preparar unas creps para el desayuno, así que el batido no iría acompañado de las galletas, sino creps con mantequilla.

Perico ya estaba levantado desde hacía rato así que nos preparamos para iniciar la instalaciones de las bombas de achique en automático que el día antes habíamos planificado. Mosca se retiraba a descansar cuando nos cruzamos en la escalera del sollao, intercambio de opinión sobre el rumbo y finalmente se colocó trinqueta para darle más estabilidad al barco y para que, con la mar que teníamos, la navegación fuese más agradable.

Todo a bordo comenzaba a ponerse en marcha: baldeo de cubierta, recogida de cocina, cada cabo en su sitio y todo en orden. Así transcurría la mañana mientras Perico y yo continuábamos con nuestras bombas y flotadores.

A medida que nuestra tarea se iba cumpliendo en mí brotaba una alegría a la que Perico ponía freno con “relájate” y finalmente nuestro trabajo quedó terminado y comprobado. Los dos nos sentimos satisfechos y ya sólo retaba llegar a puerto.

Cuando después de la obligada ducha de agua salada y la temperatura oceánica regresó a cubierta, la excitación comenzó a hacerse muy grande. Por la banda de babor teníamos un barco a motor con los que se mantuvo toda suerte de intercambios de órdenes. Eran los padres de Antonio Cuadri con la cubierta llena de neveras y bolsas con comida.

Finalmente echamos la neumática al agua y trasladamos las vituallas de un barco a otro. Ya en tierra tuve el placer de agradecer a la madre de Antonio el que, con su regalo, nos librara de tener que preparar ese día la comida a bordo. Estando tan nerviosos por tocar tierra se hacía una tarea algo dura, así que dimos buena cuenta de tortillas filetitos empanados y bocaditos de carne mechada que quitaban el sentío, todo acompañado de esa Cruzcampo fresquita que nos supo a gloria.

No quiero ni puedo recordar el momento en que Mosca me llamó aparte para darme una noticia: “Paco Ugarte a muerto”. El golpe fue fatal. Ésta era de las peores noticias que podía recibir a bordo, después de tantos días sentándome en su sillón por las tardes e inevitablemente recordándolo allí sentado con su libro en las manos y contestando con su singular voz: “buenas tarde Paco”. Creo que el timbre de su voz resonará para siempre en la camareta. Para los que tuvimos la gran dicha de conocerlo y compartir largos ratos de conversación recordaremos siempre su voz.

Nuestra bandera se colocó a media asta con un crespón negro y fuí yo quien, a petición del Capitán, diera la noticia a la tripulación, no sin esfuerzo y pedir que se guardara un minuto de silencio en su memoria.

Creo que mi torpe pluma no sería lo suficiente lúcida para escribir unas semblanzas de un hombre de su gran talla. Sólo soy capaz de dejar que sea mi corazón el que ponga en estas líneas lo que su recuerdo y su amistad ha dejado en mi.

Quiero recordar como resumen una larga conversación que los dos tuvimos un día, en la que José Luis me mostró su lado más humano y cariñoso, y es que detrás de aquel hombre tan fuerte y enérgico, también había sitio para la compresión y la dulzura. Fué a partir de ese día cuando había ganado un gran amigo.

Creo que deberán de ser los medios de difusión los que cuenten sus aventuras y sus triunfos, esas cosas que él consiguió y que el resto de los mortales no estamos capacitados para realizar. Pero desde aquí me quedo con el José Luís amigo, el impaciente a la hora de la comida, al que le gustaban mis huevos fritos, al que le gustaba escuchar mi guitarra mientras daba vueltas a la cubierta por las tardes, su imagen tallando los cucharones y un montón más de recuerdos que forman uno de los más grandes tesoros en mi corazón.

Espero que estes navegando por otros nuevos océanos y que las grandes olas que se atrevan a chocar con tu proa se dobleguen al paso de tu velero como siempre lo conseguiste.

Buenos vientos, José Luís.

Paco.

 

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