Mare Nostrum

By | February 23, 2014
Navegamos por el Mediterráneo, al igual que hacíamos nueve meses atrás en ruta hacia China. Volvemos, esta vez a España. Entonces la primavera entibiaba nuestro mar y los tripulantes iban abandonando los abrigos a medida que alcanzábamos el Este. Ahora, en pleno invierno, el calor del sol es insuficiente y la ropa de agua se ha impuesto en el vestuario diario. Entonces hicimos nuestros nombres como Malta o Israel. Ahora añadimos Egipto y Turquía. La tripulación me conoce a la perfección, son muchas guardias juntos, y continuamos hendiendo el agua a mi paso, lento y firme hacia cualquier punto que se nos antoje en la carta. Esta vez, volvemos a nuestro mar, el que empapa el litoral oriental de la península Ibérica.

Dicen que es un mar traicionero, pero debe ser que nos tiene aprecio porque hasta ahora se está portando bien, tranquilo. Desde que salimos del Canal de Suez, paso entre dos mundos, una bocanada de aire inflaron mis velas para llevarme al Norte, para rayar una línea en la carta naútica en busca de nuevas tierras -para nosotros-. Abandonamos Port Said y rozamos Chipre, Rodas, Lesvos, subimos bordeando por el través de estribor el continente asiático y en breve esperamos arribar a la antigua Constantinopla.

Este mar recibió la vida por la apertura de tierras que formó el estrecho de Gibraltar, argumento bíblico a su transformación de llanura a continente de agua. Al menos en lo que se refiere a las corrientes continúa así, como lo atestigua la experiencia de marinos reflejada en los “pilot charts”: el agua entra por el paso entre Marruecos y el sur de España, la corriente continúa hacia el este pegada a la costa africana hasta que se calienta y sube por el Líbano, recorriendo a la inversa nuestro mar hasta llegar al Golfo de León.

El Mediterráneo, cuna de nuestra cultura, mezcolanza de otras muchas, está plagado de un sinfín de puertos y enclaves por los que emperadores viajeros y viajeros exploradores se vieron atraídos. Desde Adriano, Benjamín de Tudela, Ramón Llul o Pero Tarfur hasta nuestros días, una sucesión de siglos de historia siguen forjando el excelente nombre de Mare Nostrum. Qué podríamos decir de nuestro mar, recortado por tierras de apariencia similar, plantaciones que destilan vino y aceite de oliva, espacio marino para el encuentro entre civilizaciones de diferentes continentes, aguas que bañan, de nuevo, la tablazón del Galeón Andalucía.

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