Nuevos Vientos

By | September 16, 2012

Rumbo al Sur

Aaaahhhhhh! Terminé de desperezarme. Tras nuestra partida de China, al segundo día Eolo nos ha brindado un viento suave por la aleta de babor que ha convencido al capitán “¡velas arriba, desplegad mayor y trinqueta!”, gritó a la tarde después de soportar las caras ansiosas y nerviosas de la marinería, la nueva y la vieja guardia. Un leve crujir de los gruesos cabos con las poleas dormidas y abrimos el trapo; la maquinaria antigua, la pasta de la que estoy hecho, vuelve a rodar. Éste ha sido el momento en que he dejado de tener la cabeza, perdón, la cofa, en Shanghái, y dedicarme a lo que somos, barco y marinos, galeones y gavieros, aventuras y desventuras en la mar…

De todas formas, y antes de dedicarnos a nuevos menesteres, os cuento que han transcurrido casi tres meses en los que hemos estado atracados frente a los altísimos y de formas fantásticas rascacielos del Pudong, incluidas dos navegaciones de honor por el recinto de la Expo de Shanghái. Y por supuesto, ha sido un lujo pasar el verano en la capital financiera de China como estandarte andaluz, ser el centro de miles de miradas todos los días y acaparar artículos en prensa y televisión.

La tripulación, por su parte, también ha compartido esta experiencia inolvidable conmigo, ha regalado sonrisas a diestro y siniestro, mimado a este humilde pabellón del Sur y se ha congraciado con el de España, ha dejado atrás amistades ya para siempre, conocido rincones inimaginables, exportado el sabor andaluz e intercambiado con el carácter chino… en definitiva, llevo la bodega cargada de magia y gozo del lejano Oriente de vuelta a nuestra tierra.

Pero ya tocaba el fin de la estancia en el reino de en medio, que no nuestra labor embajadora de Andalucía, a la que enarbolaremos en el palo de bandera en los próximos países. Además, ya se sabe lo que dicen: un barco en puerto durante mucho tiempo se muere y los marineros se vuelven gordos y fondones; el navío suspira por navegar y ellos necesitan halar de los cabos, agrietar sus manos y sentir el salitre en la piel. A pocos días de zarpar, escuchaba al capitán decir que era el momento de dejarme a “son de mar”, es decir, tener todo listo, aferrado, estibado y la gente preparada para zarpar y echarnos al inmenso azul… y aquí estamos.

La travesía de vuelta a España se me antoja una continuación de la anterior, pero no un tornaviaje en el sentido estricto, puesto que surcaremos nuevas aguas y recalaremos en muchos puertos diferentes. Hay otro elemento que le infiere novedad a este periplo, y son sus protagonistas a bordo. De momento, ocho nuevos rostros se pasean por mis cubiertas, los que suplen a otros tantos que decidieron desembarcarse y continuar su camino por tierra. A ellos los extraño, les envío un sentido abrazo y les reconozco su buen hacer en las 11.000 millas pasadas; a los nuevos les doy la bienvenida y les invito a compartir esta vivencia única. Estos últimos tripulantes aportan más ilusión si cabe, nueva sangre, ávidos por conocer la navegación como en el siglo XVII, preguntas que barren la eslora, en cada rincón, a cada brochazo de aceite en las maderas o golpe en la rueda del timón, interpretan las luces que se avistan en el horizonte de noche, viven la mar, estudian los grados en el compás y a llevar el rumbo… esa dirección al Sur que nos acerca a Taiwán, nuestro primer destino.

Andrea, Ulises, Mónica, Frede, César, Paco, Antonio y Antonio… ya los iréis conociendo… más adelante volverán otros viejos, sabios de este arte, los que me parieron hace ya mucho tiempo, y con los que seguiremos aprendiendo.

Un caluroso saludo desde el Mar de la China

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