De Manila a Shanghái

By | June 21, 2012

El otro día escuchaba cantar al piloto Jaime en su habitual explosión de alegría matutina. Con el sol despuntando por estribor, bajaba por las escaleras desde la tolda hacia la cubierta combés mientras entonaba aquel tango que dice “que veinte años no es nada…”. Estas jornadas de navegación han marcado a la tripulación y, por supuesto, a mí también; la razón, la que relato a continuación. Si tuviese la capacidad de cantar me unía al piloto, pero para decir a los cuatro vientos que “trescientos años no es nada/ qué febril la mirada/ la de un joven galeón/ que vuelve a la costa de Manila”.

Desde que cruzamos el Estrecho de Malaca, con parada en Singapur, nos bañamos en aguas del Pacífico, y más en concreto en el Mar de la China con rumbo Norte. Tan solo el recuerdo se me antoja una gran responsabilidad, así que imagínense revivir la historia, cuando por el través de estribor el capitán Gonzalo de la Cruz señaló la costa de Filipinas. En ese instante, imágenes de galeones españoles arribando y partiendo de Manila, con bodegas cargadas hasta las trancas, se me vinieron a la mente.

De algún modo, y así se lo escuché al capitán en una de sus meditaciones en voz alta apoyado en la regala, es tremendamente emotivo desempolvar de los libros de historia la navegación en un galeón de Manila…

… El estruendo de un tiro de leva anuncia que el galeón San Diego, de unas 1.000 toneladas de porte y 60 metros de eslora, está a punto de zarpar. Desde el muelle se aprecia la nube de humo provocada por el cañonazo en medio de la bahía de Manila. Una marea humana corretea por cubierta y escala por los flechastes obedeciendo a los pitidos del contramaestre. Varios marineros hacen girar el cabestrante para subir la pesada ancla a la vez que otros jalan de drizas e izan las velas cuadras, primero trinquete y mayor, después gavia y velacho. Poco a poco, un nuevo y lento galeón inicia su recorrido hasta América, la primera etapa de la larga ruta de la Carrera de Indias, que llevará a España las preciadas mercancías del lejano Oriente. Esta navegación protagonizada por hombres de ultramar unió dos mundos dispares, y sirvió no sólo para fascinar e introducir en el comercio occidental exóticas mercancías provenientes de Asia, sino para establecer un intercambio de ideas, conocimiento y cultura que pervive en nuestros días.

En su bodega, exquisitas especias y delicadas porcelanas chinas, biombos, mantones de Manila, abanicos… aguardan bien estibadas hasta llegar a Acapulco, en la costa del Pacífico. Allá, en otra larga y ajetreada caravana, esta vez por tierra, cruzando a veces por caminos que no lo son, llegarán a Ciudad de México, y más tarde a Veracruz. Desde este puerto del Atlántico, el cargamento volverá a la bodega de un galeón de menor porte para cruzar este océano “más familiar” para los marinos españoles, y arribar a Sevilla, Puerto de Indias. Tras más de cinco meses y medio mundo recorrido, la mercancía será registrada en la Casa de la Contratación, y de ahí, introducida en el comercio español y europeo.

Pero para llegar a la vieja Europa, en la Manila española, en el barrio mercantil del Parián de los sangleyes, chinos y españoles resolvieron infinidad de tratos. En el año 1606 hasta 20.000 chinos ya residían allí, convirtiéndose este enclave en nexo entre el comercio chino y asiático y el americano y español.

Hoy, nosotros, un galeón andaluz que alberga a una tripulación del siglo XXI, volvemos a uno de los puertos chinos, Shanghái, desde donde, junto a Macao, partieron las embarcaciones chinas -champanes- hacia Manila.

Por ello os contaba al principio que resulta muy evocador recalar y navegar en puertos y aguas por donde surcaron los españoles desde mediados del siglo XVII hasta principios del XIX. En pocos días arribamos a China para emprender otra empresa cultural y comercial, pero esta vez en la Exposición Universal de Shanghái. Manu el piloto ya tiene marcado en la carta náutica el nuevo punto a alcanzar.

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