A vela por el Índico

By | May 27, 2012

La bandera de popa ondea ahora hacia la proa, más nerviosa, y las cazoletas del anemómetro giran más rápido. La brisa marina empieza a arreciar, fenómeno que no pasa desapercibido para los ojos del capitán, asomado desde el alcázar. Con el role del viento hacia el Suroeste el Índico se me antoja una inmensa pista azul para demostrar mi carácter marinero, mi destreza a la hora de desplegar las velas cuadras y obstaculizar el paso del aire para que este me empuje.

Las olas se unen en el camino del viento. Alguna que otra estalla contra el costado de estribor levantando la espuma formada por encima de la regala. Desde el puente escucho la orden pertinente al piloto Jaime: “Cae 10 grados a babor”. Éste le da un firme golpe a la rueda del timón que me obliga a rectificar el rumbo. Seguidamente, la secuencia de acontecimientos en cubierta era la de esperar, ansiada por todos.

“¡Perico! Ordena maniobra de vela”. El contramaestre, presto, transmite a la tripulación las órdenes vociferando desde la cubierta combés y asomado por la escotilla del sollado por si hubiera algún despistado: ¡Señores, toca maniobra de vela! ¡Todos a sus puestos!

A partir de este momento todo se organiza como si de una orquesta sinfónica se tratara. El director de orquesta, el capitán, la percusión, la voz de Antoñete marcando el ritmo, y el resto de músicos, los marineros aferrados y halando con fuerza de la jarcia de labor, los instrumentos junto a la motonería. Esta partitura ya la he escuchado cientos de veces, aunque en escenarios diferentes, como en el Mediterráneo, el Mar Rojo o el Golfo de Adén. Ahora toca actuar en el Océano Índico.

Suena la música de los cabos circulando por los motones y roldanas, el roce del cáñamo con las cornamusas y la fricción de la pesada verga de la mayor, de unos 2.000 kilogramos, con el mástil al izarla.

Al unísono, codo con codo, como si fuese un solo hombre de mar con una fuerza extraordinaria el que estuviese trabajando, los marineros halan de las dos drizas y de la pareja de amantillos para levantar la verga. Ocho para las drizas y seis para los amantillos. Mientras, otros se aseguran que los brioles y escotas mantienen la vela libre.

Entonces, a medida que el palo horizontal va dibujando una cruz con el vertical, la vela mayor, de unos 200 metros cuadrados, se despliega como un telón de teatro. Al contrario de lo que ocurriría en la ópera, la función no ha hecho más que empezar. La vela comienza a hincharse, a oponer resistencia al ventarrón que sopla constante del monzón del Suroeste. Los navegantes triman el trapo, lo ajustan para sacar más provecho a esta fuerza natural que los ha llevado ya por más de 6.000 millas de agua.

Se vuelve a repetir esta misma melodía para otras tres velas más, trinqueta, gavia y velacho. Con todas izadas es complicado ver el horizonte desde el puente, en popa, de manera que al menos dos vigías se colocan en las amuras, en proa. Pasamos las horas navegando a vela por el océano, reconciliándome con sus aguas, interpretando un ballet clásico con el oleaje a favor, que se achanta a nuestro paso.

Leave a Reply

Your email address will not be published.