Trazando el camino a Shanghái

By | May 15, 2012

“¿Qué es una carta náutica?”, se pregunta un marinero a sí mismo, en un intento por olvidar el calor sofocante que contagia mi cubierta en Omán. En un día en que la brisa marina brilla por su ausencia, el cansancio bajo el sol da pie a reflexiones y divagaciones de este porte.

Continúa el susodicho apoyado en un guindaste, aletargado por el sudor, casi en estado febril: “una carta náutica es un libro en blanco donde se escribe una historia; una carta náutica huele a mar, a cada fondo marino que describe, a la tierra de la costa dibujada; en una carta náutica se escucha  la maquinaria de los muelles de carga, pero también suena el repique de campanas y bocinas, el sonido de los motores, el soplo del viento agitando drizas e hinchando velas; Suena a aventuras, a misiones de distinta índole, a expediciones y expedicionarios, a historia, a periplo por los océanos…”

“Una carta náutica es el elemento que se utiliza en la navegación donde se plasma la futura trayectoria del barco”, le intercede Manu, uno de los pilotos a bordo.

Pero el marinero, o más bien grumete dada su corta experiencia en el galeón, insiste en descifrar por si solo esa amalgama de números y letras que componen la carta náutica: “las cifras que muestran los grados y minutos de la Latitud y la Longitud; los números que indican la profundidad en la zona y que varios juntos trazan un veril, la altura y millas de alcance de un faro concreto… En cuanto a las letras sueltas y palabras, pienso en las que reflejan los puntos cardinales; los accidentes de la costa como bahías, golfos o cabos; la naturaleza del fondo; nombres de puertos y caladeros, …”

El sol está llegando a la altura máxima, momento en que golpea con más fuerza y hora perfecta para tomar las coordenadas de latitud y longitud con el sextante. Pero no es necesario, puesto que estamos atracados y nuestra posición es de sobra conocida. Los pensamientos se entrecruzan, se estiran en el tiempo, pierden fuerza y despuntan de nuevo.

Un papel cae, de pronto, del cielo o de la mano de algún tripulante subido a la cofa del palo mayor. Es un recorte de periódico, una reseña a la inauguración de la Exposición Universal de Shanghái. Entonces, las divagaciones primeras empiezan a encauzarse en una derrota, la que marcamos en la carta en nuestro camino a China. A este nuevo pensamiento se dedica ahora el navegante. Recostado, echa un trago a una botella de agua tibia. Se refresca la cabeza, y apunta con el dedo pulgar el rumbo supuesto que tomaría de zarpar en ese instante.

Aparto la vista, aunque estoy seguro que el joven marinero seguirá con sus cábalas durante media hora más hasta que el sueño le atrape. Llevamos mes y medio juntos y poco a poco voy conociendo a todos mis tripulantes, sus costumbres y manías. Son los mismos que me gobiernan con destreza, y que juntos llegaremos a China para cumplir nuestra misión.

Con esta última meditación me quedo. A bordo llevamos más de 40 cartas naúticas, algunas ya escritas y otras por escribir, de punto mayor y punto menor. En ellas, los pilotos y el capitán marcan a cada rato -con lápiz y compás en mano- nuestra posición y derrota. Las analizan atentamente para buscar el mejor camino de agua posible para alcanzar Shanghái. Sin duda, y ellos me lo hacen saber y recuerdan con su cuidado trabajo a bordo, la labor de embajador comercial y cultural de Andalucía en Asia es un papel hecho a mi medida, una interpretación orquestada desde hace tiempo, estudiada a fondo, ofrecida y agradecida.

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